PERFILES

El Papa Luna

Benedicto XIII, nombre pontificial que recibió el conocido como antipapa, es una figura clave del Cisma de Occidente. Detrás de esta figura está Pedro Martínez de Luna y Pérez de Gotor, nacido en Illueca en 1328. Murió en Peñíscola en 1423, recluido en un antiguo castillo templario y sintiéndose como el auténtico Papa de la cristiandad. A continuación vamos a analizar quién fue el Papa Luna y qué importancia tuvo su figura.

El papado de Aviñón

En el siglo XIV la cristiandad vivía un momento tan convulso como no ha vuelto a ver en su historia. La sucesiva elección de papas franceses había hecho que este país dominara la Iglesia Católica totalmente. Hasta tal punto llegó ese dominio que la sede papal abandonó Roma por primera vez para desplazarse hasta Aviñón, en el sur del país galo.

En este contexto nace Pedro de Luna, en una familia aragonesa relacionada con arzobispos y reyes. Tras un breve paso por la carrera militar, el joven Pedro quedaría dedicado en exclusiva a la vida religiosa. Sería elegido cardenal por el papa Gregorio XI, el último de origen francés; también fue este el que decidió volver a Roma, para impedir que los territorios papales —que en aquel entonces se extendían mucho más allá del Vaticano— se perdieran. Desgraciadamente, muerto Gregorio XI en 1378 el cónclave que tenía que elegir sucesor sufrió graves problemas.

En primer lugar no se esperó a varios electores que residían en Aviñón, lo que podía provocar que el papa elegido no fuese aceptado unánimemente. En segundo, el pueblo de Roma se sublevó ante la posibilidad de que se eligiera de nuevo a un francés; hasta el punto de que la muchedumbre asaltó varias veces el cónclave. Ante esta situación, se decidió dar el papado a Bartolomeo Prignano, que se convirtió en Urbano VI y que conseguiría, por su origen italiano, contentar a la multitud.

A raíz de estos acontecimientos y ante una elección que muchos achacaron más al miedo que a la providencia, varios cardenales declararon nulo el cónclave y nombraron a un nuevo papa. Este fue Clemente VII, pontífice que volvió a Aviñón y al que Pedro de Luna sería fiel en su momento. El cisma estaba servido: había un papa en Roma, Urbano VI y otro, Clemente VII, en Aviñón. La situación desgajó a los príncipes de la Iglesia, pero también a los estados, que apostaron por un nombre u otro en función de sus intereses políticos.

El papado de Pedro de Luna y nuevos problemas

Muchos creyeron que el cisma se solucionaría en cuanto muriesen los dos papas, situación que llevaría a la elección de uno de consenso. Nada más lejos de la realidad, ya que la muerte de ambos llevó a sendos cónclaves con sus respectivas elecciones de dos nuevos líderes de la iglesia. En Aviñón, quien recibió las llaves de la iglesia no fue otro que Pedro de Luna, quien pasaría a ser conocido a partir de entonces como Benedicto XIII. Pero tener a un aragonés en Aviñón no era plato de buen gusto para la corona francesa, por lo que esta retiró su apoyo al nuevo papa y dejó de financiarlo.

Benedicto XIII dejaría de contar, además, con el apoyo de navarros y portugueses, y solo fue reconocido como pontífice por Aragón, Castilla, Sicilia y Escocia. Pese a ello, el aragonés no dudó ni por un momento de su propia legitimidad.

Aun así, las tensiones llegaron a tal punto que en 1403 el Papa Luna tuvo que huir de Aviñón a Nápoles. La situación llegó al extremo al sumarse un tercer papa a la disputa, Gregorio XII, quien quiso reunirse con Benedicto XIII para organizar una renuncia conjunta y reunificar el papado en Roma. Pedro de Luna se negó rotundamente, y quedó marginado dentro de la cristiandad.

El origen de la expresión «mantenerse en sus trece»

Ante la negativa del Papa Luna a abandonar sus funciones, los responsables de la Iglesia decidieron dejar de tenerlo en cuenta y celebraron el Concilio de Constanza en 1415. En él fueron declarados como herejes y antipapas tanto Benedicto XIII como Juan XXIII. Mientras, Gregorio XII de Roma accedió a renunciar al cargo papal en favor de Martín V, que había sido elegido en Constanza.

¿Significó esto el fin de las aspiraciones de Pedro de Luna? En absoluto. La terquedad del aragonés fue legendaria, y ni Fernando I de Aragón ni otros personajes de la época consiguieron sacar de la cabeza a Benedicto XIII la idea de que él era el legítimo papa.

Tal era la imposibilidad de convencer al papa de que se retirase y reconociese a Martín V como el único y legítimo pontífice, que su figura inspiró aún en vida la expresión «mantenerse en sus trece» —por su título, Benedicto XIII— como sinónimo de no dar el brazo a torcer bajo ningún concepto.

La reclusión en Peñíscola

Pese a que Aragón y el resto de reinos hubiesen abandonado a Pedro de Luna en sus aspiraciones, este no fue ni perseguido ni condenado. Al contrario, se le permitió residir en el castillo de Peñíscola, una antigua fortaleza de la Orden del Temple que estaba aislada de cualquier centro de poder político o religioso.

Alfonso V de Aragón tomaría a Benedicto XIII bajo su protección, aunque sin reconocerlo como pontífice e impidiéndole tener la más mínima influencia en la vida pública. Pero la simple existencia del antipapa era incómoda para el elegido Martín V. Este intentó asesinarlo en varias ocasiones, según los expertos.

Sin embargo, Pedro de Luna sobrevivió a todos estos ataques y consiguió tener una vida inusitadamente larga para la época. El antipapa murió con 96 años, pero esto tampoco puso fin al cisma: le sucedería en Peñíscola Clemente VIII, que no mostraría el convencimiento del Papa Luna.

Así, en 1429, solo seis años después de la muerte de Pedro de Luna, Clemente VIII renunció y reconoció al papa de Roma, presionado por Alfonso V. De ese modo la cristiandad volvía a tener un solo papa, el de Roma; algo que no ha cambiado hasta nuestros días.