PERFILES

Mario Benedetti

Acercarnos a la biografía de Mario Benedetti supone encontrarnos con uno de los mejores escritores uruguayos de mediados del siglo XX. Perteneciente a la Generación del 45, cultivó todos los géneros al trabajar como novelista, crítico, dramaturgo, cuentista y poeta.

Además de centrarnos en su extensa trayectoria como escritor, veremos cuándo nació y murió Mario Benedetti, cómo se desarrolló laboralmente y qué experiencias le influyeron. Porque conociendo su vida sabremos quién fue Mario Benedetti y sus obras.

Educación

Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia nace el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, Uruguay. Sus padres, Brenno Benedetti y Matilde Farrugia, lo bautizaron con cinco nombres respetando sus costumbres italianas. Cuando tenía dos años, por razones laborales la familia acabó trasladándose a Tacuarembó y, posteriormente, a Montevideo.

El autor cursó sus estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo, y continuó su enseñanza secundaria en el Liceo Miranda de la ciudad. Las dificultades económicas que atravesaba la familia impidieron que concluyera su formación, por lo que tuvo que empezar a trabajar a la edad de catorce años. Como empleado en una empresa de repuestos para coches cubrió las labores de taquígrafo, recadero, vendedor, cajero… Tras un breve paso por Buenos Aires, tuvo su primera oportunidad en el ámbito del periodismo a los 28 años.

Primeros pasos

En 1945 se integra en la publicación semanal Marcha, fuente de inspiración para el resto de escritores de su generación. Un año más tarde se casa con la que sería su mujer e inspiración, Luz López Alegre. Poco después se estrena en la dirección de la revista Marginalia y escribe un volumen de ensayos que ya preconiza su éxito posterior: Peripecia y novela (1948).

Con Esta mañana (1949), su primer libro de cuentos, se gana el reconocimiento institucional al obtener el Premio del Ministerio de Instrucción Pública. Ya en 1953 se atreve con Quién de nosotros, su primera novela. A partir de ese momento toca de forma simultánea gran diversidad de géneros.

Consolidación

Su despegue definitivo lo consiguen los versos de Poemas de la oficina (1956) y los cuentos de Montevideanos (1959). El tono polémico, crítico y de índole ética que impregna estas obras primerizas despierta el interés de los lectores.

Logra la proyección internacional con las novelas La tregua (1960) y Gracias por el fuego (1965), donde denuncia la corrupción periodística empleada como instrumento del poder. Esta década es clave para el autor, quien incrementa su activismo político e intelectual trabajando como crítico en periódicos como La Mañana Tribuna Popular.

En estos años también estuvo al frente de varias direcciones, entre ellas la del Centro de Investigaciones Literarias de La Habana (de 1968 a 1971). De 1971 a 1973 dirigiría el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Montevideo.

Tras el golpe de Estado del 27 de junio de 1973, tuvo que renunciar al cargo y abandonar el país durante más de una década. En ese periodo viviría en lugares como Buenos Aires, Perú, Cuba o España, donde pasó buena parte del exilio. Ya entonces su producción se vuelve más comprometida con el sufrimiento y la esperanza de una América Latina sometida a la presión militar. Con una percepción más audaz escribe sobre el exilio en la novela Primavera con una esquina rota (1982).

No regresaría a Uruguay hasta 1983, donde su esposa había permanecido para cuidar de los progenitores de ambos. En estos años retoma su género predilecto, el relato breve, en el que los personajes tienen la capacidad de relacionarse de manera directa con el lector. Esta habilidad del escritor para camuflarse en la narrativa lo ha relacionado con autores de la literatura hispanoamericana del boom de los 60: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez.

En 1998 recupera el trabajo poético con La vida, ese paréntesis. Ese mismo año obtiene el VIII Premio de Poesía Iberoamericana Reina Sofía. Poco después publica Rincón de haikus, un género de poesía japonesa que Benedetti conocería gracias a Cortázar. No abandona otros estilos literarios como el relato (El porvenir de mi pasado, 2003), ensayos (Vivir adrede, 2007) o drama (El viaje de salida, 2008).

Los últimos diez años de su vida tuvo que alternar periodos de residencia entre España y Uruguay por prescripción médica; sus problemas de asma lo obligaban a escapar del frío y la humedad. Cuando su salud empeoró definitivamente se encontraba viviendo en Montevideo.

Allí fallece a la edad de 88 años, el 17 de mayo de 2009. Su amigo, el escritor y premio Nobel José Saramago, diría en su despedida que con la muerte de Benedetti «el planeta se hizo pequeño».

Los mejores poemas de Mario Benedetti

El uruguayo fue un escritor prolífico, con más de 80 obras en su haber que han sido traducidas a veinticinco idiomas. Entre ellas, la crítica ha destacado algunos de los mejores poemas de Mario Benedetti por sus aportaciones al género y su emotiva sensibilidad.

Benedetti publicó su primer libro de poemas, La víspera indeleble, en 1945, cuando inicia su carrera en el ámbito literario; El mundo en que respiro (2001), Canciones del que no canta (2006) o Testigo de uno mismo (2008) fueron los versos que cerraron su producción.

Su obra poética se vio fuertemente influida por la situación política y personal del uruguayo. El exilio y el regreso al hogar quedan reflejados en La casa y el ladrillo (1977, donde los expertos destacan el poema «Bodas de Perlas»), Viento del exilio (1982) o Las soledades de Babel (1991). Tampoco faltaron las reflexiones autobiográficas sobre su juventud, que recopiló en Memoria y esperanza (2004).

Su poesía ha superado los límites de la literatura, ya que se ha internado en otras ramas artísticas como la música. Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara o Daniel Viglietti son algunos de los artistas que han puesto melodía a las palabras del autor.

Militante comprometido políticamente con su país y firme defensor de los derechos humanos, esta sensibilidad hizo que Mario Benedetti supiera hablar con y por el pueblo como solo los grandes escritores saben hacerlo.